sábado, 2 de diciembre de 2017

Relatos enajenados. "Rostros de porcelana." (Basado en un texto de Federico Rivolta.)


Con las piernas flexionadas y las manos sobre las rodillas intentaba recobrar el aliento entre jadeos y sudores fríos. El corazón parecía haberse desplazado por su laringe hasta llegar a la garganta y lo sentía palpitar totalmente desbocado. No habían dejado de correr durante horas, sin atreverse siquiera a girar la cabeza para comprobar quienes eran sus perseguidores. La noche se les venía encima y necesitaban de un refugio con urgencia.
- Debemos continuar. - Dijó él cuando sintió que su corazón había regresado al lugar que le correspondía.
- Estoy muy cansada. - Se quejó ella.
- Creo que ya no nos siguen, podemos aminorar el ritmo, pero no es seguro demorarnos más.
- Estoy muy cansada. - Insistió la muchacha.
La sujetó por la muñeca forzándola a continuar. La joven lo seguía tambaleándose pero no salió de su boca ninguna otra protesta..
Caminaron cerca de una hora por los raíles de una vía abandonada. Él sacó un mapa del bolsillo, lo desplegó y, junto con una brújula que parecía de juguete, intentó calcular en donde se encontraban comparando la posición del sol y la ubicación del norte.
- Nos hemos alejado demasiado de la carretera. - Dijo con semblante muy serio.
La muchacha no le prestaba atención, aprovechó ese breve alto en el camino para descalzarse y comprobar el estado de sus pies, ambos estaban cubiertos de llagas. Volvió a ponerse los mocasines enseguida.
- ¡Mira Rebeca! - Lo escuchó gritar eufórico. - ¡Mira! Sabía que la vía tenía que llevarnos a algún sitio. - A un centenar de metros aproximadamente, se distinguía un edificio cochambroso. Resultó ser una especie de almacén situado justo al lado de donde morían los raíles. Supuso que debieron de emplearlo como taller de reparaciones para los vagones del tren. Al entrar comprobaron lo deteriorado del lugar, sin duda llevaba abandonado mucho tiempo. Era perfecto, lejos de cualquier núcleo habitado, ni siquiera aparecía en su mapa.

En aquel cobertizo podrían descansar toda la noche. La miró conmovido, Rebeca se dolía de la muñeca izquierda, estaba sentada en el suelo cabizbaja.
- Lo siento, no era mi intención hacerte daño.
- No importa.
- Si, si que importa, sabes que yo jamás te lastimaría a proposito.
- No es nada, una pequeña irritación, ya te he dicho que no importa.
- Descansa un poco, creo que los hemos despistado. Cuando nos hayamos repuesto continuaremos. - Sonrió. - Ya estamos muy cerca del puente y al otro lado del río... - Se acercó a Rebeca y le acarició los cabellos... - ...Al otro lado seremos libres.
- Tengo miedo.
- No lo tengas, yo estoy contigo. -  Le colocó su mano bajo la barbilla y la hizo levantar el rostro hasta que sus ojos se encontraron. Rebeca estaba ojerosa y demacrada, el pelo enmarañado y su vestido sucio. Se le encogió el corazón al verla en ese estado. Quiso consolarla pero no tenía claro el modo de hacerlo.
- Nosotros no somos como "ellos". - Comenzó a decirle. -  Por eso nos detestan, no comprenden nuestro amor y "ellos" odian todo lo que no entienden. No tengas miedo cariño, los dejaremos atrás junto con sus prejuicios. Nos envidian, en realidad nos temen porque saben que somos el comienzo de algo que se les escapa de las manos. "Ellos" son incapaces de sentir, de amar, son como esas máscaras tras las que se ocultan, inexpresivas y frías.
Los ojos de la muchacha se humedecieron. - Pero yo estoy cansada de huir, de esconderme y no poder decir lo que siento. Estoy cansada de tener miedo.
- Eso va a acabar muy pronto mi amor, en cuanto crucemos el puente.
- ¿Cómo puedes estar tan seguro de que en la otra orilla las cosas serán diferentes?
- Porqué tengo fe. Deja de preocuparte, todo saldrá bien mientras continuemos juntos. - Miró a su alrededor, habían herramientas tiradas por todas partes, oxidadas y muy deterioradas, pero aún podían serles útiles.  Desplegó el mapa sobre el suelo delante de la muchacha y señaló un punto con el dedo.
- Mira, estamos aquí. - Recorrió con el indice una fina línea hasta llegar al símbolo que indicaba la ubicación de un puente. - Si seguimos la carretera, en un par de horas habremos cruzado al otro lado. Pero eso será mañana. -  Plegó el papel y lo guardó de nuevo sin dejar de mirar los ojos verdes de Rebeca. - Ahora debes descansar, intenta dormir un poco.
- No tengo sueño. - Encogió las piernas hasta quedar hecha un ovillo, los brazos rodeando sus tobillos y la barbilla apoyada en las rodillas.
Él volvió a comprobar el destartalado cobertizo, el aire helado se colaba entre los tablones de madera y se preguntó si realmente era un lugar seguro. Había atrancado la puerta con un travesaño, pero estaba tan podrido, que de un puntapié podrían echar la entrada abajo. - No importa. - Se dijo a si mismo. Tenía todo lo necesario para subsanar aquel inconveniente. Recogió tablones y clavos herrumbrosos y comenzó a sellar puerta y ventanas a golpe de martillo.
Rebeca no dejó de observarlo ni un instante, atenta a cada golpe que descargaba, como hipnotizada por los movimiento de su compañero. El eco de los martillazos debía de ser audible a mucha distancia pero eso no parecía ser lo que la preocupaba.
Sin darse cuenta comenzó a musitar una canción sumamente meláncolica..
Al escucharla se apresuró en regresar junto a ella, le puso el indice sobre los labios.
- Shhhhh. No mi amor, no cantes cosas tristes, no dejes que la tristeza te domine, es así como "ellos" te atrapan.
Rebeca hundió el rostro entre los brazos y comenzó a sollozar. - Los echo de menos, echo de menos a mi familia... a mis amigos, a todos a quienes conocía.
Se puso de cuclillas frente a ella y la estrechó entre sus brazos, dejando que la cabeza de la joven reposara sobre su hombro. Volvió a acariciarle los cabellos con ternura. Aun grasienta y sucia, su larga melena negra seguía siendo suave como la seda.
- Pobre chiquilla. Mantén vivo su recuerdo, el recuerdo de cómo eran en los tiempos felices. Estarán contigo si no los olvidas, seguirán vivos en tu corazón.
Rebeca se separó de él con rudeza.
- ¡Pero es que están vivos, todos siguen vivos!
La sujetó por los hombros con firmeza y la obligó a mirarlo a la cara.
- Has de asumirlo, si es verdad que continúan caminando, que hablan y respiran, pero ahora son como "ellos". Ahora también ocultan sus rostros detrás de una máscara, ya no sienten nada por tí, no sienten nada por nadie.
Rebeca apartó la mirada, avergonzada de que la viese llorando. - ¿Cómo admitir algo así? Es todo tan horrible, quiero despertar de esta pesadilla.
- Y despertarás, despertaremos los dos, pero para eso primero has de dormir.
- No tengo sueño.
- Solo te pido que no te rindas. Hemos llegado tan lejos... estamos tan cerca de conseguirlo. No puedes ceder al desánimo, no ahora.
No obtuvo respuesta, la joven volvió a apoyar la barbilla sobre sus rodillas y quedó en silencio, la mirada perdida, ensimismada en sus pensamientos.
- He de acabar el trabajo antes de que no haya luz suficiente. No te preocupes por nada, yo estoy aquí para cuidar de tí.

Pasaron varias horas pero a la muchacha le parecieron un instante, él observaba satisfecho su obra. Ahora su escondrijo era inaccesible, salvo por las ventanas de la segunda planta, pero estaban demasiado altas cómo para que pudieran colarse por ellas.
- Por fin podemos dormir un poco más tranquilos, nada de esto los detendrá demasiado tiempo, pero si el suficiente para que podamos escapar si nos encuentran.
- ¿Escapar, escapar por donde? - Preguntó la joven. - Estamos encerrados en esta ratonera.
- Debes descansar, duerme un poco, ya me ocupo yo de todo, tienes que confiar en mi.
- Este lugar me da escalofríos.
- Aquí estamos a salvo. - Le acarició la mejilla y el largo pelo negro de Rebeca se lió entre sus dedos, los apartó de su cara y la besó en los labios. - Ahora duerme.
Los ojos de la muchacha se fueron cerrando despacio hasta que la nada se adueñó de todo.

Se despertó sobresaltada, estaba segura de haber abierto los ojos pero no podía ver nada, la oscuridad era total. Sintió cerca de su oreja un aliento cálido, en contraste con lo frío de la mano que le cubría la boca. - Shhhhh, escucha. - Maldijo él en susurros. - Creo que están al otro lado de la puerta. ¿Cómo han podido encontrarnos tan pronto?
Entre las rendijas de los tablones de las paredes se filtraba una fina neblina luminiscente que parecía podrían ser linternas..
- Deben de ser muchos, están por todas partes. Hemos de salir de aquí ya.
- ¡No veo nada! - Exclamó la muchacha cuando se redujo la presión de la mordaza.
Presionó con mas fuerza sobre sus labios. - Shhhhh, cariño no grites, van a oírnos.
Tampoco él era capaz de ver por donde caminaban, pero había memorizado en su cabeza la ruta de escape que se había procurado horas antes. La agarró por la muñeca y subieron a la segunda planta tanteando cada palmo del trayecto. Una escalera deslizante colgaba del techo, justo debajo de un tragaluz por donde entraba la claridad de la luna.
-¡Por ahí, vamos! - Pasaron al lado de un banco de trabajo y se detuvo, sobre él se encontraba una enorme llave fija. - Espera un momento, eso puede sernos útil. - La sopesó en su mano, tamaño y peso parecían los apropiados. Rebeca estaba cada vez más asustada.
- ¿Que vas a hacer con esa llave?
- No te preocupes, no la utilizaré si no es del todo necesario y solo a modo disuasorio.

Treparon hasta el tejado. Era noche cerrada pero la luna resplandecía en un enorme circulo perfecto. El viento invernal parecía que iba a cortarles la piel como si se tratase de diminutas y afiladas cuchillas suspendidas en el vacío. La joven de ojos verdes tiritaba de miedo y frío. Se había formado una niebla tan densa que no era capaz de elevarse más allá de un par de metros y se deslizaba por el suelo como si tuviese vida.
Desde aquella posición elevada intentó en vano ver donde se encontraban sus perseguidores.
- Puede que la suerte no nos haya dado del todo la espalda. La neblina es tan intensa que servirá para camuflarnos. Vamos, aun tenemos una oportunidad.
Desplegaron una escalera de incendios, el chirrido estridente del metal oxidado acabava de delatar su presencia. Ambos quedaron petrificados, todos sus sentidos alerta, esperando que en cualquier momento alguien trepase por la escalera y diese por concluida su huida. Los segundos se hicieron eternos, nadie apareció y él respiro aliviado.
- Han debido de irse.
- ¿Porqué marcharse cuando nos tenían acorralados? - La incredulidad era manifiesta en el rostro de la muchacha.
- "Ellos" no sabían que nos escondíamos aquí.
- Siquiera intentaron entrar.
- ¿Piensas que es una trampa? ¿Que están ahí abajo esperándonos? En todo caso no tenemos más remedio que arriesgarnos.
Ella no contestó, se limitó a fruncir el ceño en un mohín de desagrado.
Descendieron, una vez en el suelo no podían ver más allá de donde alcanzaban sus brazos extendidos. Él la sujetó por la muñeca con su mano izquierda, en la derecha empuñaba con fuerza la llave de sólido metal.
- No te separes de mí, con esta niebla sería muy fácil extraviarse.
Nadie les salió al paso, caminaron muy despacio hasta que tropezaron con los raíles de la vía.
- Retrocederemos hasta el lugar en el que abandonemos la carretera, no te salgas de entre los raíles y ten cuidado donde pisas, podríamos torcernos un tobillo fácilmente si alguno de nuestros pies se cuela entre las traviesas de madera.
Caminar en aquellas condiciones no solo era agotador, también desesperante. La niebla no se disipaba y faltaban aun muchas horas para que amaneciera un nuevo día.
El resplandor de las potentes farolas abriéndose paso entre la bruma les avisó de que estaban muy cerca de la carretera.
Se salieron de la vía y pudieron andar con más libertad. Una vez en la carretera él intentó situarse. Solo debían seguir el asfalto para llegar al puente, pero eso sería si no elegían la dirección equivocada. Volvió a valerse de su minúscula brújula.
- ¡Hacía allí!
Ella avanzaba arrastrando los pies, intentando a duras penas seguir el ritmo que él le imponía.
Erá como si realmente se encontraran inmersos en una pesadilla. La luz de los focos se difuminaba en la neblina. Siguiendolas no saldrían de la carretera pero era una atmósfera inquietante, como sacada de un terrorífico video juego.
Rebeca no podía ver más que la espalda de su compañero, que en ningún momento soltaba su muñeca. Tiraba de ella con fuerza sin que pareciera darse cuenta de que apenas podía sostenerse sobre los pies.
- No puedo seguir. - Balbuceó por fín. - No me quedan fuerzas para continuar, todo es inútil.
Él se detuvo y la muchacha aprovechó para sentarse en el suelo.
- Lo entiendo, no hemos podido descansar como es debido. Tranquila mi amor, haremos una parada para reponer energías.
Buscó por los bolsillos de su abrigo hasta dar con un pedazo de pan envuelto en papel de aluminio. Se lo ofreció a Rebeca.
- No nos queda nada más, lo siento. - Enseguida pasó de un semblante apesadumbrado a otro más alegre. - Pero en el otro lado seguro que encontraremos toda la comida que necesitemos.
- Tengo sed. - Se limitó a responder mientras daba pequeños bocados al coscurro de pan duro. Con la boca tan seca, la miga acabó convirtiéndose en una masa pastosa que no fue capaz de tragar.
Él comenzó a impacientarse. - Vamos, hemos de continuar. Ya debemos de estar muy cerca del puente.
-No puedo... ¡No quiero!
La cogió de las manos y la invitó a levantarse. - No digas eso, no dejes que "ellos" dobleguen tu espíritu. Has de ser fuerte, solo nos tenemos el uno al otro y yo... yo no sé lo que haría si te perdiese.
Prosiguieron, él miró su reloj, ya debía de ser de día y sin embargo continuaban caminando en tinieblas. Lo achacó a la persistente niebla que no parecía tener intención de disiparse. Se detuvo de forma brusca y a ella casi se le sale el corazón del pecho. A pocos metros frente  ellos, una silueta humanoide.
- No digas nada, mantente en silencio. No podemos arriesgarnos a salir de la carretera y extraviarnos. Pasaremos por su lado, con esta niebla puede que nos confunda con uno de ellos.
Lo sobrepasaron sin incidentes, sin atreverse siquiera a respirar hasta no haberlo dejado atrás.
- Al final esta niebla ha resultado un regalo del cielo. - Se felicitó él, ella se mantuvo en silencio con rostro inexpresivo.
Poco les duró la alegría, más de aquellas siluetas comenzaron a aparecer distribuidas por toda la calzada.
Tranquila mi amor, hay espacio suficiente para pasar entre ellos sin llamar su atención. Sujeta mi mano y no te separes de mí. - Un escalofrío recorrió la espina dorsal de Rebeca cuando lo vió sacar la llave de entre su cinto y esgrimirla con fuerza en la mano derecha.
- Dijiste que no la emplearías.
- Dije que no lo haría si no era necesario pero las cosas se están complicando y hemos de protegernos.
Ella le suplicó con los ojos pero los de él no miraban otra cosa que las difusas siluetas que aparecían de la nada cada vez en más número. Acabaron por ser tantas que era imposible evitarlas, llegando a un punto que para abrirse paso entre ellas había que empujarlas y echarlas a un lado.
Ya no eran simples sombras, podían verlas con claridad. Todas ocultaban sus rostros detrás de unas máscaras blancas que parecían de porcelana, semejantes a las que se utilizan en los carnavales de Venecia. Sin boca ni orificios nasales, solo unas pequeñas aberturas para unos ojos que lucían negros como cuevas. Vestían todos ellos con esmoquin negro, camisa blanca y pajarita también negra, los pantalones a juego. Las manos enfundadas en guantes blancos, para los pies, mocasines negros con polainas blancas. Parecían salidos de un musical de Fred Astaire, pero al contrario que el grácil actor y bailarín, se movían de forma torpe y apática, como manejados por los hilos de un titiritero perezoso.
Rebeca estaba horrorizada.
- ¿Por qué no hacen nada? ¿Por qué ninguno hace nada?
- Entre la niebla deben de creer que somos de los suyos.
- Pero yo los veo perfectamente, chocamos contra ellos, los echamos a un lado y sin embargo es como si para ellos no existieramos. No lo entiendo... ¡¿Por qué ninguno hace nada?!
Él la arrastraba tras de si con violencia, practicamente corrían. - No tengo ni idea de lo que sucede, pero tampoco intención de preguntárselo. Hemos de salir de aquí a toda prisa antes de que cambien de opinión y decidan vernos.
A medida que avanzaban dejaron de ser multitud y poco a poco su número reducido a esporádicas sombras esparcidas por la carretera, finalmente los dejaron a todos atrás.
- Que miedo he pasado. - Volvió a "enfundar" la llave entre cinto y pantalón. - Vamos mi amor, el puente ya no puede estar lejos. - Tiró de ella y notó que se resistía a seguirlo. Se giró contrariado.
Rebeca se había detenido, la mirada ausente lo mismo que la expresión de su rostro.
- Ninguno hizo nada. - Tartamudeó.
- Ya ha pasado cariño, el peligro ha pasado. Ha estado muy cerca pero hemos salido airosos. ¡Vamos, pronto seremos libres en el otro lado!
Él no se equivocaba, media hora más tarde la niebla comenzó a difuminarse y al final de la carretera apareció el tan anhelado puente que cruzaba el río.
- ¿Lo ves mi amor..? ¡Lo hemos conseguido! - La estrechó entre sus brazos y comenzó a girar hasta que los pies de ella se separaron del suelo. - Ves como no hay que perder la esperanza. ¡Estando juntos nada puede detenernos! - Estalló en carcajadas. Rebeca parecía ajena a su entusiasmo, miraba el puente sin mostrar ninguna emoción.
- Estoy muy cansada.
- Descansaremos al llegar al otro lado, no nos entretengamos más. - Más risotadas. - ¡Lo hemos conseguido, lo hemos conseguido cariño! ¿No es maravilloso?
Volvió a arrastrarla tras de sí, acelerando el ritmo a cada paso, impaciente por llegar a su destino. El puente parecía no acabar nunca. Era tan ancho como una carretera de dos sentidos, pero de tan larga, daba la impresión de estrecharse hasta convertirse en una fina línea que se perdía en el horizonte. De forma súbita comenzó a aminorar el ritmo.
Frente a ellos, una figura les cortaba el paso a muy pocos metros de distancia. Con su máscara blanca y su traje de mayordomo salido de una serie de la BBC.
Él sacó la llave del cinto y la ocultó detrás de su pierna derecha.
- No te preocupes cariño, parece que solo es uno.
- ¿Que vas a hacer? - Preguntó Rebeca sumamente asustada.
- Voy a intentar razonar con él.
- Por favor, - Sus enormes ojos verdes se humedecieron implorantes. - No necesitas de eso para hablar, tiralo al suelo, te lo suplico.
- No hemos llegado tan lejos para fracasar en el último momento, no estoy dispuesto a correr riesgos.
- Hazlo por mi, por favor.
- Tranquila, solo lo asustaré si no me deja ninguna otra opción.
Avanzaron muy despacio hasta la figura.
- Déjanos pasar. - Le ordenó de forma enérgica cuando lo tuvieron muy cerca.
Rebeca no podía separar sus ojos de la llave fija, casi podía sentir la sudoración de la mano de su compañero. Sentir la fuerza con la que empuñaba el pedazo de sólido metal. Sentir la excitación que se adueñaba de todo su cuerpo.
- Nada te impide que continúes, pero deberás de hacerlo solo. - La voz tras la máscara sonó impersonal y carente de emociones.
- No me iré sin ella. Échate a un lado, no tengo nada contra ti, no te conviertas en mi enemigo.
- ¿Que esperas encontrar al otro lado? Te ahorraré el esfuerzo de comprobarlo. Allí no cambiará absolutamente nada. Las cosas no cambian con solo desearlo.
- Eso seremos nosotros quienes lo decidan.
- ¿Nosotros? No hay un nosotros. Es hora de que se separen ambos caminos. Te estás aferrando a una esperanza que no es más que una ilusión malsana.
- ¿Malsana? ¡Vosotros sois los enfermos, los que no entienden nada! ¿Qué sabes tú de esperanza? No eres más que una abominación que se oculta detrás de una máscara. ¿Por qué tenéis tanto miedo de dar la cara?
- Yo no oculto mi rostro, eres tú quien se niega a verlo. Debes de continuar tu camino solo, esa es la única verdad.
- No te lo pediré más veces. ¡Apártate de nuestro camino!
- Tienes que continuar solo.
- ¡Has acabado con mi paciencia! - Soltó a Rebeca para agarrar con ambas manos la llave, la alzó sobre su cabeza y descargó un brutal golpe sobre la de su adversario. La careta se resquebrajó de lado a lado sin llegar a partirse, de la fisura comenzó a manar la sangre a borbotones. El enmascarado retrocedió un par de pasos tambaleándose antes de caer y quedar inerte boca arriba en el suelo.
Extendió su brazo hacia atrás buscando la mano de Rebeca, pero no la encontró. Se giró contrariado, su desconcierto inicial se transformó en estupor. Rebeca estaba fuera de su alcance. Volvió a extender la mano invitándola a acompañarlo.
- No tenga miedo, todo está despejado. Ya nadie puede impedir que estemos juntos. - Le sonrió. - Dame la mano mi amor, crucemos al otro lado.
La joven estaba extremadamente pálida, sus palabras sonaron carentes de emoción.
- No voy a ir contigo.
- No digas tonterías, ya casi hemos llegado.
- Yo ya he llegado, me quedo aquí.
- No puedes hablar en serio, estamos tan cerca... No te rindas ahora, te lo suplico.
- Es cierto, al otro lado no habría cambiado nada.
- ¿Vas a hacer caso a ese monigote? Solo pretendía separarnos, todo lo que dijo no son más que mentiras. ¡Basura!
- No voy a ir contigo.
- ¡¿Pero porqué?! ¡No lo entiendo! Hemos llegado tan lejos. Yo te quiero, no podría vivir sin ti, tú eres lo único que me importa. - Sus palabras sonaban trémulas y entrecortadas, estaba haciendo un esfuerzo sobrehumano por no romper en sollozos.
- Tú nunca me has querido, tan cierto como que yo tampoco te amo.
- ¿No me amas? ¿Y si no me amas, por qué has venido conmigo hasta tan lejos?
- Por qué tenía miedo.
- Estoy tan confundido. Ya no hay motivo para tener miedo. ¿Ves..? El camino está despejado, ya nada se interpone entre nosotros y la felicidad.
- Es cierto, ya no hay motivo para que siga teniendo miedo.
- Claro que no mi amor. - Le brindó ambos brazos extendidos. - Ven conmigo, estando juntos no necesitamos de nada ni nadie.
- Es por no tener miedo por lo que me voy.
- ¡Me va a estallar la cabeza! ¿Porque juegas conmigo de esta forma? ¡No entiendo, no entiendo nada! Yo soy capaz de hacer cualquier cosa por ti, cualquier cosa que me pidas... - Señaló el cuerpo inerte, la llave era una extensión de su brazo y del extremo goteaba un hilillo de sangre.
- Maldita sea. ¡HE MATADO POR TÍ! Y ahora dime, dime de que demonios tienes miedo.
- ¿Como entiendes que cambiaría algo al otro lado, si no eres capaz de comprender lo que has hecho?  Me voy, me voy para siempre. No quiero siquiera recordar tu nombre.
Impotente, la veía alejarse sin darle la espalda, el rostro blanco como el papel y totalmente inexpresivo.
- ¡Ahora lo entiendo, "ellos"... "ellos" te están controlando! ¡No los escuches, debes resistirte a su influjo! "Ellos" son todo negatividad, quieren separarnos, no quieren que seamos felices. ¡Dios mio, no te conviertas en uno de "ellos"! Cayó de rodillas totalmente abatido, la llave se deslizó entre sus dedos hasta caer al suelo, el sonido del metal golpeando el piso lo hizo reaccionar.
De un salto se puso en pie y se dirigió hacia el caído. Comenzó a patearle el costado descargando ten él toda su rabia.
- ¡Tú, tú tienes la culpa! ¡Tú has envenenado su mente con tus mentiras! ¡Hijo de puta, hijo de puta, hijo de puta..! - Lo habría seguido golpeando mucho más tiempo de no ser por unos brazos que lo inmovilizaron por la espalda. Pronto se vio rodeado por una multitud. Plantados frente al cuerpo inerte de su compañero, con sus blancas e inexpresivas máscaras, sus trajes de pingüino,  inmóviles y apáticos. Uno de ellos comenzó a practicarle un masaje cardiaco.
- ¡Deja que se pudra! ¡Merece la muerte, no una ni dos... MIL VECES!
En cada embate de sus manos sobre el pecho de su compañero caído, la máscara se deslizaba poco a poco hasta que quedó la cara al descubierto.
Él dejó de resistirse. Su mente se negaba a admitir la obviedad del porqué bajo aquella melena negra, en ese rostro ensangrentado, estaban los ojos verdes de Rebeca.


Los auténticos monstruos caminan entre nosotros, ocultos detrás de nuestra indiferencia.

                                                                                                                                  FIN.







sábado, 27 de mayo de 2017

Esculpida en piedra. ( Un nuevo comienzo.) Cap. 2. "El charlatán."

- El sol estaba en su cenit y había comenzado mi ascenso con la bruma de la mañana. Alcé la mirada y pude ver mi objetivo, la torre más alta parecía tocaba el cielo. No podía permitirme una flaqueza, tan solo manos y pies, ninguna cuerda me sujeta para librarme del vacío que tras mío queda. Ni tan solo había tocado la piedra de las almenas, aun me debatía con la escarpada ladera que emergía del mar. A nado llegué al lugar para pasar inadvertido a los ojos de las tropas del visir. Casi era de noche cuando agarré con los dedos la cornisa de la ventana. Sin apenas fuerzas, me adentré en la sala. Deseaba que mi informador no se equivocara y la suerte me sonrió al comprobar que no erró. La gran habitación era esplendida, adornada con alfombras y exquisitas telas. En el fondo ella, sujeta de una muñeca al lujoso lecho por una fina cadena de oro. Vestida con sedas de vivos colores, podía distinguirse su cuerpo bajo las finas telas. Un pequeño chaleco incrustado de piedras preciosas apenas ocultaba la voluptuosidad de sus senos. Subían y bajaban al ritmo que marcaba su nervioso aliento. Sus ojos… - Hizo gesto de ensimismarse con el recuerdo de la imagen, - … dos luceros aun siendo profundamente negros, y su faz… ¡Maldije a los moros por ocultar el rostro de sus mujeres tras los velos de su celosía! La luna apareció por la ventana, pero más resplandecía la cautiva. Seguro sintió envidia de la belleza de la joven y con su luz me delató, haciendo que se disipara la penumbra en la que me guarecía. Sentado en una esquina, levantó el guardián el culo de la silla alfanje en mano. Un escalofrío me recorrió la columna, el infiel era un ogro enorme, mayor que un oso erguido sobre sus patas traseras. Me miró con ojos fieros y sonrió cuando desenvaine mi acero. Aunque forjada en Toledo por el mejor herrero, no parecía mi espada más que un mondadientes, comparada al arma que esgrimía el sirviente sarraceno.

Los reunidos en la taberna escuchaban embobados el relato del recién llegado. El forastero se había subido sobre una mesa agitando un puñal de filo romo y hoja mellada. Lo movía de un lado a otro cortando el aire, como si realmente, en frente se encontrara un contrincante de la envergadura que describía.
Se presentó en el lugar con aires de caballero, pero su indumentaria no lo señalaba como tal. Vestía con una camisa raída y entre los remiendos de sus calzones, apenas se distinguía la tela original. Sus botas estaban descosidas y los dedos de los pies amenazaban con huir de su interior. Tampoco su aspecto era el de un caballero, aunque si sus pretendidos finos ademanes. El pelo largo pero ya escaso, graso y sucio. Su constitución frágil y su piel blanquecina, parecida más a la de un enfermo que la de un miembro de la nobleza. Con todo, había conseguido captar la atención de aquellos labriegos, que tras el trabajo en el campo se relajaban bebiendo vino en la taberna de la villa. Dió una patada al vacío al tiempo que giraba sobre sí mismo y asestaba una puñalada a su imaginario enemigo.
- Intenté descargar un golpe sobre el vigilante, pero me mantenía a distancia con la hoja de su alfanje. Fue entonces él quien, con todas sus fuerzas, partió una mesa de un solo tajo. Suerte que su gran tamaño lo hacía lento y torpe. Para desgracia del mueble, pude esquivarlo en el último momento. La rehén intentaba infructuosamente liberarse de la cadena que la mantenía sujeta. Temeroso de que pudiera resultar herida en la refriega, alejé al infiel hacia el lugar más apartado de la estancia. Esquivaba uno tras otro sus mandobles, pero era incapaz de acercarme lo suficiente como para poder incrustar mi hierro en su grande y fofo estómago. Demasiada algarabía, temía que el resto la guardia apareciera en cualquier momento y diese al traste con mi intento de liberar a la noble dama del destino que la aguardaba. Pues aquella alcoba no era más que la antesala de una forzada boda y la cama se trasformaría la próxima noche, de instrumento de reposo a cadalso de tortura. No podía albergar dudas sobre mi victoria, si me rendía al desaliento, la derrota era tan segura como la condena de la doncella. – El orador pidió un sorbo de la jarra de vino del parroquiano más cercano para refrescar la garganta. No se hizo de rogar el palurdo, ansioso de escuchar el final de aquella increíble historia. Cuando notó que su boca dejaba de estar pastosa prosiguió con su relato.
- El tiempo estaba en mi contra, pensé que podría encaminar la fuerza bruta de aquel animal a mi favor. Continuemos la lucha cerca de la ventana, parecía se burlara la luna de mi situación haciendo brillara el alfanje, mas intimidante si cabe, la mirada burlona del gigante. Jugaba divertido con migo, no debía parecerle más que un insecto. No me daría por vencido, llegó mi oportunidad tras un terrible sablazo. De nuevo erró el golpe y su acero quedó incrustado en un armario. En vano intentó librarlo, momento que aproveché para abalanzarme contra el infiel. Se libró de mi de manotazo, me hizo surcar por los aires. Volé sobre él, momento que aproveché y, de un solo tajo, le separé la cabeza del cuerpo.
Temblaba asustada la muchacha ante la visión de toda aquella sangre. La libré del cautiverio rompiendo la cadena de un tirón y un resplandor en sus ojos delató la sonrisa que, oculta tras el velo, se dibujó en su rostro. Extendí mi mano en pos de la suya, me sobrecogí al notar la suavidad de su tacto. Se enredó su larguísimo pelo en mi brazo acariciándolo. Negro como la noche, limpio como el roció. Desprendía, al igual que el resto de su cuerpo, un embriagador aroma a flores…
- ¿La hiciste tuya? – Se escucharon risas, junto con el sonido del metal de las jarras chocando en espontáneo brindis.
-¡Silencio gañan! – Le ordenó el orador a aquel que lo interrumpió con tan soez pregunta. – ¡Aquella dama era la hija de un rey! ¡Ve a desfogar tu libido con las gallinas, palurdo! En mi presencia nadie mancilla el honor de una doncella, ni tan solo de palabra!
Un tipo grande tras un delantal de herrero se levantó y se posicionó justo en frente del aventurero, este aún permanecía sobre la mesa como un actor en su escenario.
- Dejadlo proseguir, quiero saber cómo escapó de allí. - Todos se silenciaron amedrentados por el herrero.
- No pintaba bien la cosa. – Continuó. – Tal como temía, se abrió la puerta y apareció el grueso de la guardia. Con un movimiento firme, pero lo más delicado que me fue posible, la obligué a escudarse tras de mi. Planté cara a los sarracenos. Algunos iban armados con arcabuces. Temí estar perdido, nada podía contra el plomo y menos sin dejar desprotegida a la cautiva. Pero, cuando una causa es justa, goza del favor de Dios y el valor de aquellos perros se replegó al interior de sus estómagos cuando vieron al decapitado gigante. Escaparon los muy cobardes, dejando delante el paso libre.
Parecía que no acababan nunca las escaleras de aquella almena. Cuando descendimos por fin, el mismísimo visir, escoltado por sus mejores guerreros,  nos aguardaba alfanje en mano . Al verlo se apoderó de mí el odio, el pérfido traidor reía confiado tras sus soldados. Me abalancé sobre ellos raudo, tanto que ni vieron como mi acero rebanaba el cuello de los tres primeros. Cinco más besaron el suelo antes de que alcanzase al visir. El sarraceno, aunque bien es cierto era malvado, no pecaba de cobarde y siempre había hecho alarde de su pericia con el alfanje. En buena lid, nos batimos durante más de una hora antes de poder propinarle una estocada que le seccionó en dos el corazón.
Sin más contratiempos, marché junto a la bella cautiva. Embarquemos rumbo a Constantinopla y una semana después entregué su hija al califa que, agradecido, me dijo tomase de sus riquezas todo aquello que quisiera.
- Me conformaría con poder ver el rostro de la dama. – Le dije y su actitud cambió como de la noche al día.
- ¡Perro cristiano! – Me gritó. – Debería castigar tamaña osadía clavando tu cabeza en la punta de una pica.
- Se conformó el califa con propinarme una brutal paliza, que yo acepté a modo de penitencia por atreverme a pedir algo semejante. Mientras los lacayos me golpeaban con varas y palos, pude ver como de los ojos de la princesa manaban lágrimas que se deslizaban por sus mejillas bajo el velo. Ese fue el mayor de los regalos que podía esperar, no fui indiferente a los sentimientos de la hija del sultán. A rastras me sacaron de palacio y me abandonaron en una sucia calle rodeado de basura. Ese fue mi pago.
Una carcajada lo devolvió a la realidad. El herrero cesó en sus risas para escupir las palabras a la cara del narrador. Aun estando este último encima de una mesa, el artesano del hierro casi era igual de alto que el viajero.
- ¡Embustero! No te creo ni una sola palabra.
- ¿Osas llamarme mentiroso, patán? – Lo amenazó apuntándole con su oxidado puñal.
- Aparta ese pincho de mi cara si no quieres te lo meta por la retaguardia. Hablas de ti como si de un fornido guerrero se tratara, pero yo no veo otra cosa que un alfeñique. Enfréntate a mí, no te resultará difícil doblegarme si has podido con ejércitos y gigantes.
- No mancharé mi espada con tu sangre. Un caballero no se bate con plebeyos. –
El herrero se arrancó de nuevo en carcajadas. – Menudo caballero mugriento y harapiento. Vos ni siquiera sois un soldado, vos solo sois un patético charlatán.
- Capitaneé una galera en Lepanto a las órdenes de Juan de Austria. Hice cautivas cinco naves enemigas. Con mis propias manos quité la vida a Alí Bajá, comandante de la armada turca. Que mi aspecto no te engañe, aun habiendo caído en desgracia, soy un hidalgo temible. No tientes a la suerte, acaba tu vino y no busques reyertas de las que no saldrás airoso.
- ¡Mentiroso!
- ¡Osa repetirlo!
- ¡Mentiroso!
- ¡Vas a probar mi acero!
- No serias capaz ni de cortar manteca con ese cuchillo. No te pondré en ridículo, tampoco deberás mancharte con mi sangre. – Nuevamente carcajadas, en esta ocasión el resto de parroquianos se le unieron. El caballero bajó de la mesa y se plantó altivo frente al herrero. El otro tipo le sacaba casi medio cuerpo de altura.
– Arreglaremos esta afrenta de manera que nos satisfaga a todos. Nada de dagas ni… - Miró el viejo puñal y contuvo la risa. - …espadas.
- ¿Qué propones villano?
- Un pulso.
- Que así sea.
Se sentaron uno frente al otro, apoyando los codos en la mesa tras remangarse la camisa. El "caballero" le ofreció la palma de su mano.
- No tanta prisa. Hagamos esto un poco más interesante, añadamos condimentos que le den un mayor aliciente. – Todos los presentes, salvo el foráneo, entendieron a lo que se refería el herrero. Trajo el posadero dos tablas traspasadas ambas por clavos y las puso en el lugar donde calcularon acabaría la mano del derrotado.
- Veamos ahora si eres tan valiente, fanfarrón del demonio. ¿Preparado?
No pareció dejarse intimidar el caballero. Agarró con fuerza la mano del herrero.
- A la que cuente tres. – Dijo el posadero, que se reservó el papel de juez.
- Uno… - Confiado en su victoria, aún se permitió el herrero dar un trago de su jarro de vino, soltando tras la ingesta un sonoro eructo.
- Dos… - No le incomodó aquel gesto de desprecio al caballero, se mantenía atento a la cuenta del posadero. Los ojos fijos en los de su enemigo. Bajo la mesa, presionó el talón de su bota y en un forzado gesto lo hizo girar. De la punta emergió una afilada y puntiaguda cuchilla de tres dedos de longitud.
- Tre… La sincronización fue perfecta. La cuchilla se clavó en la espinilla del grandullón justo al desvanecerse el sonido de la ese final del número. En ese momento que el dolor de la punzada lo doblegaba, empotró el hidalgo la mano enemiga en los clavos que reposaban con las puntas arriba sobre la mesa. Allí quedó sentado el herrero gimiendo, incapaz de desclavar su mano. Asombrados, los parroquianos no podían dar crédito a lo que acababan de presenciar. Antes de que comenzara el pulso se hicieron algunas apuestas. Solo uno lo hizo a favor del presunto charlatán. Mientras recogía beneficios lo miró y le sonrió. Ese rostro anguloso de ojos negros y malvados, abundante pelo y barba afilada, fue lo último que vio el caballero antes de salir de allí a toda prisa. Debía escapar antes de que descubrieran su treta. Corrió todo lo que le permitieron las fuerzas hasta que, perdido el fuelle, se detuvo. Estaba lejos de la villa, agachó el cuerpo, las manos sobre las rodillas y estas flexionadas. Arqueada la espalda y la boca muy abierta intentando recuperar el aliento. Un nuevo ataque de tos, no pudo parar en varios minutos, la sangre se mezclaba con la saliva. Miró a sus espaldas, parece que nadie lo perseguía. Al cesar la tos, comprobó no haber dejado atrás ninguna de sus pertenencias. A decir verdad, todo lo que tenía lo llevaba consigo sobre la piel a modo de harapos y, colgado en el hombro, un zurrón donde guardaba su más preciado tesoro.
Miro al cielo, empezaba a oscurecer y el frío de la noche se le metió en los huesos. Debía de buscar un refugio lo antes posible.



domingo, 21 de mayo de 2017

Esculpida en piedra. (Un nuevo comienzo.) Capítulo 1. "La niña y el sapo."





Plena la luna, noche estrellada, monótono canto el de sapos y ranas. Todos están de fiesta en la pequeña charca. Sobre una piedra, contento, se encuentra el sapo Batracio. Con el estómago lleno tras una opípara cena (que si ahora una mosca, ahora una libélula) contempla la escena sabiéndose a salvo. Demasiado gordo y venenoso, no entra en la dieta de la pérfida culebra. Despreocupados, juegan los renacuajos. Un escarabajo despistado se arriesga temerariamente, al acercarse demasiado al alcance de la lengua de don sapo.
Se aproxima una extraña luz y cunde el pánico. Todos buscan cobijo en el fondo del barro, menos el pobre Batracio. El escarabajo fue el colofón, demasiado lleno, le faltan reflejos y sobre el desafortunado sapo cae la desgracia en forma de red. Atrapado en las manos de dos cachorros de humano, sabe que se ha acabado su suerte. Sin duda le espera la muerte tras un largo suplicio. Una vida de excesos y vicios, poco ejercicio, lo han convertido (por lo lento) en presa fácil.
Contentos, los niños lo miran divertidos.

- Es feo y verde, de piel verrugosa, tu mamá te miente. ¿Qué puede tener de príncipe semejante cosa?
La niña se enoja con la pregunta del chiquillo. – Mi mamá no me engaña, todas las noches, cuando estoy en la cama, me cuenta su historia. Yo cierro los ojos y sueño lo beso. Toma forma el príncipe, alto y hermoso, cabellos de oro y en la cabeza una corona. Me lleva a su castillo, donde seré reina cuando crezca y así acabarán nuestras miserias y penas.
Batracio los mira, rubio y pecoso el niño, morena de ojos verdes y vivarachos ella. Visten con harapos y están sucios. Los piececitos descalzos embadurnados de barro. Se siente reconfortado por el cálido tacto de aquellas manos. Una mueca de desagrado en el rostro del muchacho.
- ¡Es asquerosoooo! Solo pensar en acercar los labios me revuelve el estómago.
- ¡No es una princesa, no debes besarlo! – Le recrimina ella.
- No tengo ninguna intención de hacerlo. ¡Toma, quédate con tu sapo!
Pasa de manos Batracio, las de ella son mucho más cálidas y suaves, se le escapa un suspiro.
- Croac.
La niña ríe divertida y se le sonrojan las mejillas, el sapo la mira con sus enormes ojos redondos.
- Croac.
- ¿Qué es lo que pretendes decirme mi príncipe? ¿Deseas rompan mis labios el hechizo que te mantiene encerrado bajo el aspecto de un sapo? No tengas miedo, huiremos donde la bruja malvada no pueda alcanzarnos. Comeremos perdices y patatas todos los días, no pasaremos nunca más hambre ni yo ni mi familia. – Le sacó la lengua al niño rubio. – Tú te quedarás aquí junto a la charca, quizás alguna de esas ranas sea tu princesa, pero tendrás que besar a todas ellas. - Rió y de nuevo sus pálidas mejillas recobraron el color.
- ¿A qué esperas entonces, tienes miedo de quedar en ridículo? Eso no son más que cuentos, mentiras.
- ¡No, no lo son y ahora lo verás! – Aferrada a la esperanza de que la ilusión todo lo puede, acerca despacio los labios a la enorme boca del sapo. Toma contacto y el calor del aliento de la inocente muchacha reanima la sangre fría de Batracio. Se siente extraño y por unos momentos también él cree se obrará el milagro.
La niña lo arroja con fuerza contra las piedras. A los pocos segundos se le hinchan los labios y, alrededor, la piel adquiere un tono morado. La ponzoña del sapo la ha envenenado. Ríe cruelmente el muchacho, mientras se llenan de lágrimas los verdes ojos de la niña. Batracio, herido de muerte panza arriba, la mira.
- ¡Nunca más creeré en cuentos de hadas! – Grita decepcionada, al tiempo que le propina una patada a  la pobre rana.
Batracio se lamenta entre quejidos - ¿Qué culpa tengo yo si de pequeños os engañan? ¿Merezco el castigo por ver defraudadas vuestras infantiles ilusiones? Yo era más que un príncipe, el rey de mi charca, el monarca de las ranas. Pero para vosotros no soy nada, sin ningun motivo me matas de una patada.
Se cansó el niño de escuchar el agónico croar de don Batracio y lo aplastó con su pie descalzo.
La niña llora desconsolada. Allí, oculta entre los árboles, estaba el monstruo de piedra, dispuesta a tragarse la infancia de la pequeña.
- ¡El mundo es un asco, ya no creeré en nada! - Padecerán mi venganza todos aquellos que engañan, los que regalan alegremente a la gente esperanzas para, al despertar del sopor, arrebatárselas de forma cruel.
El chaval pecoso la mira asustado. Escondida, la gárgola aspiró toda la ira de la niña.


En la cima de la montaña del mago, Criando Malvas observaba contrariado al anciano que se aferraba a su báculo para mantenerse en pie. Tenía una larga barba blanca que le llegaba a los tobillos. También el pelo era canoso y muy largo. Tras todo el cabello de la cara, apenas se distinguían los ojos, coronados por unas pobladas y… claro está, blancas cejas.
- ¿Por qué me cuentas esto?
- Debes saber a qué te vas a enfrentar.
- ¿Yo? Yo solo abandoné la cabeza de la maldita gárgola porque así me lo ordenó de malas maneras. Eskatologico se negó en redondo, dijo haber tenido suficiente con salir una vez y que no tenía intención de hacerlo nunca más, y ahora comprendo el motivo. Aquí hace frío. ¿Dices que Magenta estaba allí?
- Se alimentó de la decepción de la pequeña, luego (con la panza llena) regresó satisfecha a su catedral.
- Ella me ordenó que te pidiese ayuda, dijo que solo tú puedes deshacer el entuerto en el que nos hayamos inmersos.
- Así que la mente del Hacedor de Historias se secó. Es por ello que os encontráis prisioneros en el limbo. ¿Y porqué cree el monstruo de piedra que retroceder en el tiempo puede solucionar este embrollo?
- Dice que si aparecemos antes de que perdiese a la Inspiración, quizás podamos evitar que los acontecimientos transcurran como están establecidos. Si conseguimos mantenerlos juntos continuará ideando historias, seguiremos vivos.
- Entrometerse en el pasado para variar el futuro es muy peligroso, suele ser peor el remedio que la enfermedad.
- Solo soy un emisario, un mandado. En cuanto me des respuesta, volveré a la cabeza de Magenta, de donde jamás debí de haber salido.
El mago río a carcajadas. – Pobre infeliz, recae en ti todo el peso de esto, y aun no te has dado ni cuenta.
- ¿En mí? ¿De que estas hablando? – Malvas tenía la apariencia de un bufón, los colores chillones y alegres de su indumentaria contrastaban con su siempre serio semblante.
- No puedo mandar a la gárgola y que se encuentre consigo misma, ni a ningún otro que existiera por aquel entonces, sin embargo tú…
Los ojos de Malvas se entre cerraron mostrando su susceptibilidad. - ¿Yo qué?
Ni tú ni Eskatologico habíais sido creados aun por la mente enferma del monstruo de piedra, teniendo en cuenta que el gruñón no se encuentra aquí, solo me queda un aspirante.
- ¡Ni hablar, no pienso embarcarme en esto solo! Solo quiero regresar a la seguridad del cabezón de mi dueña.
- Regresaras con las manos vacías. ¿Estás dispuesto a enfrentarte a su ira?
- Correré el riesgo, a fin de cuentas…¿Qué es lo que puede hacerme?
- Puede desterrarte por siempre.
-  No se atrevería a tanto.
- Me permito dudarlo. – El mago sonrió maliciosamente.
- ¿Qué tiene que ver en todo esto la niña de tu cuento?
- Es a ella a quien buscáis, será algo mayor que en mi historia. Tendrás que tener mucho cuidado con ella, aquello pudrió su alma y Magenta aprovechó para robar su infancia. Todo junto la convirtió en un monstruo sin corazón.
- ¡La Inspiración! – Exclamó Malvas y el mago asintió con una sonrisa.
- Debes emprender tu viaje ahora. – El mago miró el cielo. – Va a haber tormenta, es el momento.
-  ¡No pienso ir a ningún sitio!
- Tranquilo, no estarás solo, sabrás lo que es que alguien se instale en tu cabeza. Yo guiaré tus pasos. – Los rayos sobresaltaron a Malvas, empezó todo de improviso. El rugir de los truenos ahogaban las protestas del payaso triste.
- Es hora de irse. – El mago alzó su báculo y un relámpago alcanzó la punta. Bufón y anciano desaparecieron como si se los hubiera tragado la tormenta.