sábado, 27 de mayo de 2017

Esculpida en piedra. ( Un nuevo comienzo.) Cap. 2. "El charlatán."

- El sol estaba en su cenit y había comenzado mi ascenso con la bruma de la mañana. Alcé la mirada y pude ver mi objetivo, la torre más alta parecía tocaba el cielo. No podía permitirme una flaqueza, tan solo manos y pies, ninguna cuerda me sujeta para librarme del vacío que tras mío queda. Ni tan solo había tocado la piedra de las almenas, aun me debatía con la escarpada ladera que emergía del mar. A nado llegué al lugar para pasar inadvertido a los ojos de las tropas del visir. Casi era de noche cuando agarré con los dedos la cornisa de la ventana. Sin apenas fuerzas, me adentré en la sala. Deseaba que mi informador no se equivocara y la suerte me sonrió al comprobar que no erró. La gran habitación era esplendida, adornada con alfombras y exquisitas telas. En el fondo ella, sujeta de una muñeca al lujoso lecho por una fina cadena de oro. Vestida con sedas de vivos colores, podía distinguirse su cuerpo bajo las finas telas. Un pequeño chaleco incrustado de piedras preciosas apenas ocultaba la voluptuosidad de sus senos. Subían y bajaban al ritmo que marcaba su nervioso aliento. Sus ojos… - Hizo gesto de ensimismarse con el recuerdo de la imagen, - … dos luceros aun siendo profundamente negros, y su faz… ¡Maldije a los moros por ocultar el rostro de sus mujeres tras los velos de su celosía! La luna apareció por la ventana, pero más resplandecía la cautiva. Seguro sintió envidia de la belleza de la joven y con su luz me delató, haciendo que se disipara la penumbra en la que me guarecía. Sentado en una esquina, levantó el guardián el culo de la silla alfanje en mano. Un escalofrío me recorrió la columna, el infiel era un ogro enorme, mayor que un oso erguido sobre sus patas traseras. Me miró con ojos fieros y sonrió cuando desenvaine mi acero. Aunque forjada en Toledo por el mejor herrero, no parecía mi espada más que un mondadientes, comparada al arma que esgrimía el sirviente sarraceno.

Los reunidos en la taberna escuchaban embobados el relato del recién llegado. El forastero se había subido sobre una mesa agitando un puñal de filo romo y hoja mellada. Lo movía de un lado a otro cortando el aire, como si realmente, en frente se encontrara un contrincante de la envergadura que describía.
Se presentó en el lugar con aires de caballero, pero su indumentaria no lo señalaba como tal. Vestía con una camisa raída y entre los remiendos de sus calzones, apenas se distinguía la tela original. Sus botas estaban descosidas y los dedos de los pies amenazaban con huir de su interior. Tampoco su aspecto era el de un caballero, aunque si sus pretendidos finos ademanes. El pelo largo pero ya escaso, graso y sucio. Su constitución frágil y su piel blanquecina, parecida más a la de un enfermo que la de un miembro de la nobleza. Con todo, había conseguido captar la atención de aquellos labriegos, que tras el trabajo en el campo se relajaban bebiendo vino en la taberna de la villa. Dió una patada al vacío al tiempo que giraba sobre sí mismo y asestaba una puñalada a su imaginario enemigo.
- Intenté descargar un golpe sobre el vigilante, pero me mantenía a distancia con la hoja de su alfanje. Fue entonces él quien, con todas sus fuerzas, partió una mesa de un solo tajo. Suerte que su gran tamaño lo hacía lento y torpe. Para desgracia del mueble, pude esquivarlo en el último momento. La rehén intentaba infructuosamente liberarse de la cadena que la mantenía sujeta. Temeroso de que pudiera resultar herida en la refriega, alejé al infiel hacia el lugar más apartado de la estancia. Esquivaba uno tras otro sus mandobles, pero era incapaz de acercarme lo suficiente como para poder incrustar mi hierro en su grande y fofo estómago. Demasiada algarabía, temía que el resto la guardia apareciera en cualquier momento y diese al traste con mi intento de liberar a la noble dama del destino que la aguardaba. Pues aquella alcoba no era más que la antesala de una forzada boda y la cama se trasformaría la próxima noche, de instrumento de reposo a cadalso de tortura. No podía albergar dudas sobre mi victoria, si me rendía al desaliento, la derrota era tan segura como la condena de la doncella. – El orador pidió un sorbo de la jarra de vino del parroquiano más cercano para refrescar la garganta. No se hizo de rogar el palurdo, ansioso de escuchar el final de aquella increíble historia. Cuando notó que su boca dejaba de estar pastosa prosiguió con su relato.
- El tiempo estaba en mi contra, pensé que podría encaminar la fuerza bruta de aquel animal a mi favor. Continuemos la lucha cerca de la ventana, parecía se burlara la luna de mi situación haciendo brillara el alfanje, mas intimidante si cabe, la mirada burlona del gigante. Jugaba divertido con migo, no debía parecerle más que un insecto. No me daría por vencido, llegó mi oportunidad tras un terrible sablazo. De nuevo erró el golpe y su acero quedó incrustado en un armario. En vano intentó librarlo, momento que aproveché para abalanzarme contra el infiel. Se libró de mi de manotazo, me hizo surcar por los aires. Volé sobre él, momento que aproveché y, de un solo tajo, le separé la cabeza del cuerpo.
Temblaba asustada la muchacha ante la visión de toda aquella sangre. La libré del cautiverio rompiendo la cadena de un tirón y un resplandor en sus ojos delató la sonrisa que, oculta tras el velo, se dibujó en su rostro. Extendí mi mano en pos de la suya, me sobrecogí al notar la suavidad de su tacto. Se enredó su larguísimo pelo en mi brazo acariciándolo. Negro como la noche, limpio como el roció. Desprendía, al igual que el resto de su cuerpo, un embriagador aroma a flores…
- ¿La hiciste tuya? – Se escucharon risas, junto con el sonido del metal de las jarras chocando en espontáneo brindis.
-¡Silencio gañan! – Le ordenó el orador a aquel que lo interrumpió con tan soez pregunta. – ¡Aquella dama era la hija de un rey! ¡Ve a desfogar tu libido con las gallinas, palurdo! En mi presencia nadie mancilla el honor de una doncella, ni tan solo de palabra!
Un tipo grande tras un delantal de herrero se levantó y se posicionó justo en frente del aventurero, este aún permanecía sobre la mesa como un actor en su escenario.
- Dejadlo proseguir, quiero saber cómo escapó de allí. - Todos se silenciaron amedrentados por el herrero.
- No pintaba bien la cosa. – Continuó. – Tal como temía, se abrió la puerta y apareció el grueso de la guardia. Con un movimiento firme, pero lo más delicado que me fue posible, la obligué a escudarse tras de mi. Planté cara a los sarracenos. Algunos iban armados con arcabuces. Temí estar perdido, nada podía contra el plomo y menos sin dejar desprotegida a la cautiva. Pero, cuando una causa es justa, goza del favor de Dios y el valor de aquellos perros se replegó al interior de sus estómagos cuando vieron al decapitado gigante. Escaparon los muy cobardes, dejando delante el paso libre.
Parecía que no acababan nunca las escaleras de aquella almena. Cuando descendimos por fin, el mismísimo visir, escoltado por sus mejores guerreros,  nos aguardaba alfanje en mano . Al verlo se apoderó de mí el odio, el pérfido traidor reía confiado tras sus soldados. Me abalancé sobre ellos raudo, tanto que ni vieron como mi acero rebanaba el cuello de los tres primeros. Cinco más besaron el suelo antes de que alcanzase al visir. El sarraceno, aunque bien es cierto era malvado, no pecaba de cobarde y siempre había hecho alarde de su pericia con el alfanje. En buena lid, nos batimos durante más de una hora antes de poder propinarle una estocada que le seccionó en dos el corazón.
Sin más contratiempos, marché junto a la bella cautiva. Embarquemos rumbo a Constantinopla y una semana después entregué su hija al califa que, agradecido, me dijo tomase de sus riquezas todo aquello que quisiera.
- Me conformaría con poder ver el rostro de la dama. – Le dije y su actitud cambió como de la noche al día.
- ¡Perro cristiano! – Me gritó. – Debería castigar tamaña osadía clavando tu cabeza en la punta de una pica.
- Se conformó el califa con propinarme una brutal paliza, que yo acepté a modo de penitencia por atreverme a pedir algo semejante. Mientras los lacayos me golpeaban con varas y palos, pude ver como de los ojos de la princesa manaban lágrimas que se deslizaban por sus mejillas bajo el velo. Ese fue el mayor de los regalos que podía esperar, no fui indiferente a los sentimientos de la hija del sultán. A rastras me sacaron de palacio y me abandonaron en una sucia calle rodeado de basura. Ese fue mi pago.
Una carcajada lo devolvió a la realidad. El herrero cesó en sus risas para escupir las palabras a la cara del narrador. Aun estando este último encima de una mesa, el artesano del hierro casi era igual de alto que el viajero.
- ¡Embustero! No te creo ni una sola palabra.
- ¿Osas llamarme mentiroso, patán? – Lo amenazó apuntándole con su oxidado puñal.
- Aparta ese pincho de mi cara si no quieres te lo meta por la retaguardia. Hablas de ti como si de un fornido guerrero se tratara, pero yo no veo otra cosa que un alfeñique. Enfréntate a mí, no te resultará difícil doblegarme si has podido con ejércitos y gigantes.
- No mancharé mi espada con tu sangre. Un caballero no se bate con plebeyos. –
El herrero se arrancó de nuevo en carcajadas. – Menudo caballero mugriento y harapiento. Vos ni siquiera sois un soldado, vos solo sois un patético charlatán.
- Capitaneé una galera en Lepanto a las órdenes de Juan de Austria. Hice cautivas cinco naves enemigas. Con mis propias manos quité la vida a Alí Bajá, comandante de la armada turca. Que mi aspecto no te engañe, aun habiendo caído en desgracia, soy un hidalgo temible. No tientes a la suerte, acaba tu vino y no busques reyertas de las que no saldrás airoso.
- ¡Mentiroso!
- ¡Osa repetirlo!
- ¡Mentiroso!
- ¡Vas a probar mi acero!
- No serias capaz ni de cortar manteca con ese cuchillo. No te pondré en ridículo, tampoco deberás mancharte con mi sangre. – Nuevamente carcajadas, en esta ocasión el resto de parroquianos se le unieron. El caballero bajó de la mesa y se plantó altivo frente al herrero. El otro tipo le sacaba casi medio cuerpo de altura.
– Arreglaremos esta afrenta de manera que nos satisfaga a todos. Nada de dagas ni… - Miró el viejo puñal y contuvo la risa. - …espadas.
- ¿Qué propones villano?
- Un pulso.
- Que así sea.
Se sentaron uno frente al otro, apoyando los codos en la mesa tras remangarse la camisa. El "caballero" le ofreció la palma de su mano.
- No tanta prisa. Hagamos esto un poco más interesante, añadamos condimentos que le den un mayor aliciente. – Todos los presentes, salvo el foráneo, entendieron a lo que se refería el herrero. Trajo el posadero dos tablas traspasadas ambas por clavos y las puso en el lugar donde calcularon acabaría la mano del derrotado.
- Veamos ahora si eres tan valiente, fanfarrón del demonio. ¿Preparado?
No pareció dejarse intimidar el caballero. Agarró con fuerza la mano del herrero.
- A la que cuente tres. – Dijo el posadero, que se reservó el papel de juez.
- Uno… - Confiado en su victoria, aún se permitió el herrero dar un trago de su jarro de vino, soltando tras la ingesta un sonoro eructo.
- Dos… - No le incomodó aquel gesto de desprecio al caballero, se mantenía atento a la cuenta del posadero. Los ojos fijos en los de su enemigo. Bajo la mesa, presionó el talón de su bota y en un forzado gesto lo hizo girar. De la punta emergió una afilada y puntiaguda cuchilla de tres dedos de longitud.
- Tre… La sincronización fue perfecta. La cuchilla se clavó en la espinilla del grandullón justo al desvanecerse el sonido de la ese final del número. En ese momento que el dolor de la punzada lo doblegaba, empotró el hidalgo la mano enemiga en los clavos que reposaban con las puntas arriba sobre la mesa. Allí quedó sentado el herrero gimiendo, incapaz de desclavar su mano. Asombrados, los parroquianos no podían dar crédito a lo que acababan de presenciar. Antes de que comenzara el pulso se hicieron algunas apuestas. Solo uno lo hizo a favor del presunto charlatán. Mientras recogía beneficios lo miró y le sonrió. Ese rostro anguloso de ojos negros y malvados, abundante pelo y barba afilada, fue lo último que vio el caballero antes de salir de allí a toda prisa. Debía escapar antes de que descubrieran su treta. Corrió todo lo que le permitieron las fuerzas hasta que, perdido el fuelle, se detuvo. Estaba lejos de la villa, agachó el cuerpo, las manos sobre las rodillas y estas flexionadas. Arqueada la espalda y la boca muy abierta intentando recuperar el aliento. Un nuevo ataque de tos, no pudo parar en varios minutos, la sangre se mezclaba con la saliva. Miró a sus espaldas, parece que nadie lo perseguía. Al cesar la tos, comprobó no haber dejado atrás ninguna de sus pertenencias. A decir verdad, todo lo que tenía lo llevaba consigo sobre la piel a modo de harapos y, colgado en el hombro, un zurrón donde guardaba su más preciado tesoro.
Miro al cielo, empezaba a oscurecer y el frío de la noche se le metió en los huesos. Debía de buscar un refugio lo antes posible.